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Finaliza el verano y el caminante elige las horas de la tarde para pasear por las marismas; aún hace calor pero anochece antes y hay tardes en que le sorprende la caída veloz de la noche. Bandos de gaviotas y de flamencos se desplazan hacia sus dormideros habituales; algunas espátulas rezagadas en su migración postnupcial hacia África aprovechan esos momentos para alimentarse en zonas poco profundas, introduciendo sus largos picos en el agua y moviéndolos de un lado a otro para localizar y atrapar a sus presas. Las garcetas permanecen en las proximidades de la orilla y, cuando localizan una presa, la capturan rápidamente con su largo y puntiagudo pico. Los charrancitos se lanzan en picado desde el aire para zambullirse en el agua y atrapar con el pico pequeños peces.

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Aun a riesgo de mostrar sus debilidades, el caminante jamás ocultó que en su relación con las aves tenía más peso la parte emocional que la del conocimiento y eso le permitía acercarse a marismas y humedales con franqueza, buscando un encuentro con las aves que era, de alguna manera, un encuentro consigo mismo, con sus estados del yo adulto en ocasiones, del yo niño la más de las veces. Y en algún caso, por qué no, con el joven que algún día fue. Así ocurrió una tarde en que se halló frente a un juvenil de canastera.

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Durante los meses de verano acostumbra el caminante a despedir el día paseando por las marismas; le gusta contemplar la escala cromática de rojos y violetas que va cayendo sobre las aguas y los montes bajos del horizonte, como si de un sutil velo se tratase, percibir cómo el silencio y la quietud van ganando terreno y cómo las aves muestran una repentina actividad. Los charrancitos se lanzan en un picado vertical, con las alas plegadas, sumergiéndose brevemente para capturar pequeños peces o crustáceos. Las cigüeñuelas sobrevuelan las aguas con el cuello y las patas completamente extendidas, trazando en el aire una silueta inconfundible. Un grupito de garcetas se eleva para desplazarse hacia una isleta del interior mientras un nutrido bando de gaviotas cruza las marismas para dirigirse hacia los arenales cercanos al mar.

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Durante muchos años el caminante ejerció la enseñanza y fue feliz. Caminaba entonces por los pasillos de los centros educativos como camina ahora por los senderos de marismas y humedales, procurando detener su mirada allí donde hay luz, sin por ello desconocer las zonas sombrías. Sabe que la oscuridad no le permitirá sacar una bonita imagen del mismo modo que sabía entonces que poner el foco de atención en el ruido y los sinsabores le impediría disfrutar de su trabajo como docente. Ahora piensa que ese oficio que tanto amó y del que tanto disfrutó responde de alguna manera a una pulsión por transmitir y compartir conocimientos, valores, experiencias y que esta pulsión forma parte de la naturaleza de cualquier ser vivo… El oficio más antiguo del mundo, le dijo a su hija con cierta sorna una tarde en que se habían acercado a un lugar de las marismas donde anidaban las cigüeñuelas.

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Comenzaba el mes de junio cuando el caminante fue invitado por su amigo Paco a conocer un búcaro que pendía de un emparrado, como un enigmático y silente peso muerto, como un signo de interrogación trazado en el aire limpio de la mañana. Al caminante no le resultaba extraña esa vasija de barro arcilloso utilizada para contener agua fresca, estaba habituado a verla en muchas casas desde pequeño. Le resultaba extraña la actitud entusiasta de su amigo, quien nada más llegar lo animó a sentarse en un banco de madera situado a escasos metros del búcaro. Yo me voy a ir a regar el huerto y a darles de comer a las gallinas; tú quédate ahí, junto a las primaveras rellenas y las alegrías de la casa, le dijo mientras señalaba con la mano un par de jardineras que se encontraban bajo la parra. Le encantaba esa antigua sabiduría de su amigo, su alegre y precisa manera de nombrar la realidad como quien esparce las semillas por un campo de cultivo.

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Pasa mucho tiempo el caminante solo en las marismas y en no pocas ocasiones regresa de ellas con más preguntas que respuestas. Algunas veces intenta encontrarlas, las respuestas, en los libros de ornitología que tiene en su biblioteca; en pocas ocasiones, dado su extremo pudor, acaba llamando a algún amigo pajarero en petición de auxilio. La mayoría de las veces se enreda en desacertadas suposiciones o especulaciones; o en pensamientos tan melancólicos como estériles.

Sucedió así una mañana en que encontró en mitad de un camino de tierra próximo a la marisma una hermosa avecilla que el caminante no tuvo dificultad en identificar porque la había visto no hacía mucho en un libro sobre aves migratorias. Se trataba de una collalba gris macho; tenía el dorso gris azulado, las partes inferiores de color ocre y un antifaz negro, tan característico de las collalbas.

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